LA CONSTITUCIÓN
INVISIBLE DEL SER HUMANO SEGÚN EL SUFISMO
Andrés Guijarro -
Los Libros del Olivo,
2013
Existe una ciencia tradicional, practicada en
el marco de diferentes civilizaciones, cuyos presupuestos son claramente
indicativos de que, bajo la piel, las facciones y las proporciones corpóreas,
habita un hombre interior, un hombre de naturaleza sutil sobre cuya
conformación podrían las características físicas aportarnos, cuando menos, algunos
indicios: la fisiognomía.
El ensayo de Andrés Guijarro no es un tratado de fisiognomía, pero se le aproxima en cierto sentido, por cuanto arranca desde el presupuesto de que el ser humano consta de varias “capas” más allá de la meramente física e, incluso, más allá de la psicosomática. Se trata, en el fondo, del punto de partida tradicional que define a los seres del mundo manifestado –y no sólo a los humanos- como un compendio de espíritu, alma y cuerpo, en el que el alma oficiaría como nexo o vínculo de unión entre los otros dos componentes (el inmortal y el perecedero).
El ensayo de Andrés Guijarro no es un tratado de fisiognomía, pero se le aproxima en cierto sentido, por cuanto arranca desde el presupuesto de que el ser humano consta de varias “capas” más allá de la meramente física e, incluso, más allá de la psicosomática. Se trata, en el fondo, del punto de partida tradicional que define a los seres del mundo manifestado –y no sólo a los humanos- como un compendio de espíritu, alma y cuerpo, en el que el alma oficiaría como nexo o vínculo de unión entre los otros dos componentes (el inmortal y el perecedero).
La supervivencia del cuerpo tras la muerte de
los compuestos puramente orgánicos o terrenales sólo puede ser obtenida bajo el
vehículo o la forma del cuerpo sutil –algo así como el “sello” íntimo del
individuo, dotado de una “anatomía sutil” y una “estructura psíquica” paralelas
a las propias del cuerpo terrenal- siempre que, en vida, éste haya sido
purificado y limpiado de sus escorias mediante la activación de ciertos centros
sutiles (a menudos aludidos, en la terminología sufí, como Los Siete Profetas
de tu Ser). Esa supervivencia de la individualidad es definida en el sufismo y,
en general, en el universo del hermetismo como una espiritualización del cuerpo
paralela a la corporificación del espíritu. Es la experiencia conocida por el
zoroastrismo cono el encuentro con la daena,
y la ansiada fusión con la Sophia –no
me atrevo a decir si frustrada o no- perseguida por los laberintos siempre
ambiguos del arte por el poeta simbolista ruso Alexandr Blok.
Siguiendo la estela de Cuerpo espiritual y Tierra celeste de Henry Corbin, Guijarro expone
la “metodología” brindada para la consecución de tal meta por las enseñanzas
del sufismo islámico, paralelas a las que, en el hinduismo o el taoísmo,
persiguen idéntico fin (pues esos Profetas de tu Ser no dejan de ser ciudades
secretas o estaciones del viaje espiritual más o menos equivalentes a los chakras de la praxis yóguica).
Por
tanto, el libro es, fundamentalmente, una traducción excelentemente comentada
de textos debidos a grandes espirituales islámicos como, entre otros, Shah Walî
Allâh de Delhi (1703-1762), ´Alâ al-Dawla al-Simnânî (1261-1336), el shií Ahmad
Ahsâ´î (1753-1826) o Ahmad Sirhindî (m. 1034), prominente figura de la tariqah naqshbandiyya, y que incluye una
amplia exposición de las singularidades e importancia de esta última orden en
el desarrollo teórico y práctico del despertar de los centros sutiles.
Son de
destacar las palabras de Sirhindî a propósito de la realización descendente,
así como la sinopsis de las enseñanzas de Ahmad Ahsâ´î acerca de los cuatro
cuerpos –dos perecederos y dos inmortales- del ser humano.
Merece también
especial mención la buena exposición de las particularidades de las vías
iniciáticas en el mundo shií, al igual que la traducción del tratado Yoga Kalandar, donde, como fruto del contacto
entre sufíes y yogis tántricos de Bengala y del reconocimiento por ambos de la
existencia de un terreno común, encontramos las terminologías arábiga e índica
combinadas en un mismo texto.
Una obra, en suma, de sólido calado y con
mucho que degustar.
Joaquín Albaicín
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