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lunes, 24 de enero de 2011

El fantástico reino del Preste Juan

 EL FANTÁSTICO REINO DEL PRESTE JUAN de P. Villarrubia
   Editado por Aguilar

A partir del año 1165 tres importantes líderes de Occidente reciben sendas cartas procedentes de un reino lejano firmadas por un tal Preste Juan de las Indias. Manuel Comneno, emperador de Bizancio; Federico I Barbarroja, monarca del Sacro Imperio Germánico, y el papa Alejandro III son los receptores de una carta que revela la existencia de un soberano poderosísimo que actuaba bajo las leyes de Dios y de Jesucristo. Se hacia llamar Preste Juan de las Indias. 


¿Quién era el misterioso rey cristiano que gobernaba grandes extensiones de tierra situadas en algún lugar del Lejano Oriente? Allí habitaban monstruos, dragones, unicornios y extraños seres humanos. Además, este territorio estaba surcado por ríos repletos de piedras preciosas. En el extraordinario castillo del soberano se erigía un gigantesco espejo mágico que «todo veía». Allí brotaba la fuente de la eterna juventud y las gemas eran capaces de modificar el temperamento de los humanos. 

La historia no contada

LA HISTORIA NO CONTADA, de Juan G. Atienza 

MR ediciones  - Soriaymas- 18/05/2007

ÍNDICE DEL LIBRO DE Juan G. Atienza LA HISTORIA NO CONTADA

Editado por Martínez Roca (MR ediciones).

Juan García Atienza es uno de los pioneros de la España Mágica y del revival bibliográfico sobre los Templarios en su faceta ocultista y algo esotérica en ocasiones.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Libros de Maravillas


Joaquín Albaicín - Soriaymas. 17/06/2006

“El Libro de las Maravillas del Mundo”, del caballero Jehan de Mandeville, ve de nuevo la luz encuadernado en un mismo volumen con el repescado “Viaje de San Brandán”, que escribiera en pleno oleaje griálico y prestejuánida el monje irlandés Benedeit.

 

LIBROS DE MARAVILLAS
Benedeit y Mandeville - Edición de Marie-José Lemarchand - Ed. Siruela, 2005


¿Quién nos lo iba a decir? Popularísimo en el siglo XIV, “El Libro de las Maravillas del Mundo”, del caballero Jehan de Mandeville, ve de nuevo la luz encuadernado en un mismo volumen con el repescado “Viaje de San Brandán”, que escribiera en pleno oleaje griálico y prestejuánida el monje irlandés Benedeit. Reciclado en parque temático y confinado en internet por el integrismo tecnológico, el ancho orbe no parece ya ni sombra de lo que fue, pero el interés de estas dos guías de viaje iría mucho más allá del puramente histórico de asistir la razón a René Guénon cuando, acerca de los cronistas del mundo antiguo y medieval, escribió que: “En un principio, se vieron ´maravillas´, pero más tarde sólo se pudo hablar de ´curiosidades´ y de ´singularidades´. Mas, lo que tan dificultosamente describen, ¿no son precisamente las sucesivas etapas de la limitación de las facultades humanas?”.

¿Quién dice que no? Benedeit vivió en el siglo XII. Mandeville, en el XIV. El primero, junto con sus compañeros de viaje, logró llegar al Paraíso y franquear sus puertas. De la elevada muralla que lo rodea, dijo que está engastada con riquísimas gemas y que “ninguno de los viajeros puede distinguir con qué materia está edificada realmente”. Dos siglos después, Mandeville coincide con él en que “no se sabe muy bien de qué está hecha” la muralla, pero -“encubierta con musgos y líquenes”- ya no pueden sus ojos ver sobre ella una sola piedra preciosa. Además, a ningún mortal le es ya factible ni siquiera acercarse al Paraíso, separado de la Tierra del Preste Juan por la Región de las Tinieblas… Se apreciará que la percepción del Edén, “aquel paraíso donde Adán estuvo sentado el primero, aquel patrimonio nuestro del que fuimos desheredados”, ha variado de modo notable en tan sólo doscientos años.

Y es que, como asimismo precisó Guénon: “O bien antes se veía lo que ya no se ve actualmente por el hecho de haberse producido considerables alteraciones en el medio terrestre o en las facultades humanas, o más bien en ambas, o bien lo que en la actualidad recibe el nombre de ´geografía´ tenía en la Antigüedad una significación completamente diferente”. Es algo que, en cierta medida, pone de relieve Marie-José Lemarchand al recordarnos, por una parte, que hasta el siglo XVI no existía la palabra viaje salvo en su sentido de viático, es decir, los pertrechos y medios necesarios para acometer una peregrinación; y, por otra, que el viaje interior o espiritual y la navegación o caminata en pos de nuevos horizontes geográficos nunca estuvieron disociados en la mente del hombre medieval. En este sentido, su calificación de iconos para los mapas anteriores al siglo XVI se nos antoja muy atinada.

Si uno se encuentra ante las pirámides de Egipto, quizá opte por dar por buena la versión oficial (no en vano, ya en tiempos de Mandeville: “Según la opinión de algunos, se trata de sepulturas de grandes señores de los tiempos antiguos”). Mas también podrá asumir, si los espesores de su alma se lo permiten, que no son, en realidad, otra cosa que los graneros construidos en su día por José, hijo de Jacob e intérprete de los sueños del faraón. Ese hombre de ojos renovados, ese trotamundos –que no turista- espiritual, podrá también ver surcar al fénix los cielos de Arabia, visitar la tumba de Hermes en Santa Sofía, remontar el Nilo hasta su fuente en Edén e, incluso reconocer la Cassath desde la que partieron hacia Belén los Reyes Magos.

¿No? Pues nada: ¡a Viajes Halcón!

Publicado originariamente en Generación XXI, 1-15 Junio 2006


martes, 21 de diciembre de 2010

La carta del Preste Juan


Joaquín Albaicín - Soriaymas- 08/05/2005

Siruela ha publicado un magnífico libro al respecto, donde se recogen, traducidas, la carta original y las diversas copias y versiones. Una Carta que conmocionó a los reyes europeos y a los Papas

 

LA CARTA DEL PRESTE JUAN - Ed. de Javier Martín Lalanda - Siruela

Millones de niños de todo el mundo, con sus dedos blandos y dos lamparillas de ilusión encendiendo sus ojos, escriben y echan al correo en Navidad su carta a los Reyes Magos de Oriente. Ni siquiera en tan señaladas fechas suele, sin embargo, recordar nadie que hace no tanto tiempo, apenas ocho siglos, eran los Reyes Magos de Oriente quienes escribían a los Reyes de Occidente para comunicarles sus píos propósitos y amistosas intenciones.


En rigor, ni los más ancianos guardan remembranza de aquella correspondencia. Pero fue en 1165 cuando, a la velocidad con que el fuego consume un reguero de pólvora, recorrió Europa y Oriente Medio la noticia de la existencia de una misiva remitida a Federico Barbarroja y al Emperador Manuel Cómneno de Bizancio por el Preste Juan de las Indias, Rey de Reyes, descendiente de Melchor, Gaspar y Baltasar y gobernante sobre setenta y dos monarcas allende el Tigris, junto al solar donde un día se alzó la Torre de Babel.

Marco Polo y Guillermo de Rubruck se cruzaron en las posadas de caravanas de la Ruta de la Seda con los ecos de su leyenda. La Carta de aquel misterioso soberano que custodiaba en un ánfora de plata la momia de Santo Tomás y visitaba cada año la tumba del profeta Daniel inspiró los viajes de Vasco Da Gama y el segundo de Colón y, lo mismo que las "Revelaciones" del Pseudo-Metodio -que disfrutaron durante toda la Edad Media de un prestigio casi parejo sólo al de la propia Biblia-, se esfumó como por encanto de la conciencia occidental ya bien andado el siglo XVII. Inexplicablemente, no existía hasta ahora una traducción íntegra al castellano de ninguna de las múltiples versiones de este documento circulante por Europa por transcurso de cuatro centurias. Al interesado, pues, no podían sino ponerle los dientes largos los ensayos clásicos de Slessarev, Beckingham o Gumilev, o los de Juan Gil, principal estudioso en España de la leyenda del Preste.

Martín Lalanda, que hace un trabajo muy limpio como traductor, no se limita en su introducción y notas a repetir lo mil veces escrito, y aporta datos sueltos de interés, como su conjetura sobre Susia –y no Susa- como capital del Preste. La Carta del Preste Juan, que apareció en los días de las Cruzadas aureolada por el fulgor propio de un tesoro (por emplear la expresión que, en el marco del budismo tibetano, designa las reliquias, profecías, oraciones o soportes de meditación puestos a resguardo por un asceta, un santo o un bodhisattva para su utilización en futuros tiempos difíciles) reemerge, en fin, en las postrimerías del Fin de Ciclo… Y por algo será. Bienvenida sea.

Joaquín Albaicín, "Altar Mayor" nº 99, Marzo-Abril 2005.

Soriaymas agradece a Joaquín Albaicín nos permita publicar esta reseña que, como todas las que suele hacer de libros vinculados a la Tradición, vale la pena leer con detenimiento.

Marco Polo y el descubrimiento del mundo

Joaquín Albaicín -  Soriaymas- 07/12/2002

Marco Polo sigue planteando interrogantes sin resolver hoy día por su "Libro de las Maravillas". Albaicín formula algunas preguntas al respecto.



 

John Larner: MARCO POLO Y EL DESCUBRIMIENTO DEL MUNDO (Paidós/Orígenes, Barcelona 2001).


Publicado en Generación XXI.


¿Fue Marco Polo el autor de su "Libro de Maravillas"? ¿Qué papel real cupo en la elaboración de la obra a su compañero de prisión, el genovés Rustichello da Pisa? ¿Simple escribano? ¿Co-autor?... ¿Escribió Rustichello al dictado del veneciano, o a partir de un previo manuscrito de éste que no ha llegado hasta nosotros? ¿Y Marco Polo? ¿Dictó -o escribió- basándose en sus recuerdos, o también en sus notas u otros documentos? ¿Estuvo ciertamente en cuantos lugares describe? Son preguntas a las que se lleva siglos intentando hallar respuesta, y no las únicas que señalan los vacíos detectables en lo que sabemos del insigne personaje. Porque, el cronicón de Marco Polo, ¿es el de un mercader? ¿El de un aventurero? ¿El de un misionero? ¿El de un funcionario mongol? ¿El de un explorador? ¿Qué conocimientos reales aportó a los europeos de su época? De especial interés nos parece el capítulo dedicado a la dilucidación de la real influencia que pudo ejercer sobre el Cristóbal Colón "descubridor" (dejémoslo entre comillas) de América.

Larner, que cita a menudo a Juan Gil, reputado especialista en historia mongola autor del magnífico "En demanda del Gran Khan. Viajeros a Mongolia en el siglo XIII" (Alianza), firma una obra de gran solidez, rigor y amenidad, que sabe conducir con intriga. No faltan en su trabajo los tics propios de la investigación universitaria, al estilo de sobreentender que los europeos de la Edad Media lo ignoraban todo sobre la realidad geográfica del mundo, o la consideración de la Carta del Preste Juan de las Indias como una falsificación. Pero qué duda cabe que Larner se halla mucho más libre de esta clase de prejuicios que la mayoría de los autores de esa línea. Además, arriesga y aporta. No escribe para anotar un título más en su "currículum" (como es habitual en las "eminencias", que llaman "libro" a una mera relación de bibliografía presuntamente consultada precedida por soso refrito), sino llevado por el sincero deseo de palpar el fondo de la cuestión. ¿Lo logra? En el camino, dicen, se encuentra ya la meta. En qué jalón del mismo, he ahí la cuestión.