viernes, 25 de febrero de 2011

Sobre una India Desaparecida en las Memorias de Alain Danieélou

SOBRE UNA INDIA DESAPARECIDA
A propósito de las memorias de Alain Daniélou

JOAQUÍN ALBAICÍN


  Las memorias de Alain Daniélou –tituladas El camino del Laberinto y publicadas en España por Kairós- son en buena medida la crónica de sociedad –breve, sobria, irónica- de un mundo desaparecido: el de los buscadores espirituales y cotillas de lo “exótico” arribados en las décadas de 1910, 1920 y 1930 a una India que, pese a los años transcurridos desde la muerte de su Emperatriz, aún era la India victoriana y continuaba viviendo bajo la égida de un Virrey británico. Su lector se halla, pues, ante el ejercicio evocatorio de los vuelos y picoteos de una bandada migratoria a la que distinguían, como grupo, características muy distintas a las de los hippies de los 60 y 70. 

Aquellas aves precursoras podían también fumar opio, pero, básicamente, transpiraban individualismo, a menudo elitismo y, en general, un decadentismo ajeno a toda pretensión más o menos utópica de alumbrar un mundo nuevo... Se trataba, por lo común, de almas más bien sibaritas, equipadas con una notable formación académica y exquisitas formas de cortesía, y de las que su contemporáneo nos ha dejado en estas páginas un retrato de tonalidades similares a las salidas de la pluma de otros viajeros al mismo extinto escenario, como Mircea Eliade (véase su Diario de la India) o Alexandra David-Neel (entre cuya producción son de lo más recomendable títulos como El sortilegio del misterio y La India en que viví).

  Hermano del Cardenal del mismo apellido, músico y musicólogo, amigo de Gide, de Jean Cocteau, del filántropo y violinista Yehudi Menuhin, del compositor Max d´Ollone, de Henry Corbin, de Béjart, del músico Nicolás Nabokov, del indólogo Louis Renou, del pintor Edward Mac Avoy; corresponsal de Guénon; colaborador de Renoir en El río; consejero musical y conferenciante en la UNESCO; artífice de proyectos sobre música oriental para importantes casas discográficas; fundador en Berlín del Instituto Internacional de Estudios Musicales Comparados… No fue Alain Daniélou una figura de menor respeto e importancia en la vida cultural india de su tiempo de lo que lo fue en la europea: discípulo de Shivendranath Basu, gran maestro de uno de los instrumentos de cuerda más refinados (la vina), orquestó el Jana Gana Mana, himno nacional del país; regaló, como aquí recuerda, a Tagore las tintas con que éste pintó sus acuarelas; fue Director de Investigaciones de la Benares Hindu University, así como creador y director adjunto de su Music College, y presidente de la All India Music Conference, y encargado de la catalogación y restauración de los manuscritos antiguos conservados en la biblioteca de la Sociedad Teosófica en Adyar.... Aprendió sánscrito y hindi de la mano del pandit Vijayananda Tripathi. Y, en particular, y de ahí lo “excéntrico” de su figura a ojos occidentales, solía presentarse como, seguramente, el único occidental que había recibido una iniciación –la que le confiriera el guru tántrico Brahmananda Tripathi- y sido recibido como miembro de pleno derecho en el seno de la vocacionalmente hermética tradición hindú.
  El libro, de obvio interés para cuantos guardan un vínculo personal o cultural con lo que Agustin Pániker –editor de la obra- ha llamado la “placa civilizacional hindú”, abunda en juicios, por políticamente incorrectos que sean, rebosantes de razón. Daniélou da a conocer, por ejemplo, la actitud de disgusto con que en muchos respectos contemplaba –y contempla- una gran parte de los hindúes a figuras como Gandhi y Nehru, en contraste con la alegre asunción occidental de que éstas representarían neta y fidedignamente el “espíritu de la India”. La realidad es que, como apunta Daniélou, Gandhi: “Formado al igual que Nehru en las ideas del socialismo romántico inglés, no conocía gran cosa del mundo jerárquico de los hindúes, que se esforzó en destruir”, alentado por “una religiosidad sentimental, de estilo seminarista”. En cuanto a Nehru, también es cierto que, “renegando de todas las prohibiciones de su grupo social, adoptó por completo las costumbres y prejuicios de los occidentales”, así como que “hablaba con desprecio” de la civilización india, “utilizando los mismos términos que los ingleses”. La gran referencia filosófica de Nehru, en efecto, fue siempre Bertrand Russell, y el partido del Congreso, por mucho que pudiera o quisiera pensar otra cosa la mayoría de su militancia de base, no fue nunca otra cosa que una herramienta al servicio de los ingleses, tanto desde el punto de vista ideológico como desde el táctico.
  Tampoco los orientalistas salen demasiado bien parados en un libro cuyo autor se expresa siempre sin pelos en la lengua:

  En el curioso mundo de los estudios del pensamiento índico en Occidente, nadie habla una lengua india. Cada uno se forma una idea acerca de la filosofía de la India según sus intérpretes indios en lengua inglesa. Muchos profesores universitarios ni siquiera saben leer el alfabeto y utilizan transcripciones. Por eso yo era un estorbo.
  (…) Mi caso era análogo al de un erudito del Antiguo Egipto que hubiera sido milagrosamente transportado a través del tiempo y se hubiera hallado en medio de un rebaño de egiptólogos. Es normal que los “sabios” que interpretan según sus opiniones los vestigios de una civilización que consideran muerta se sientan desconcertados por un superviviente…

  De hecho, cuando Daniélou conoció al renombrado sanscritista Louis Renou, éste se asombró de saber por él que, lejos de ser una lengua muerta desde hacía siglos, el sánscrito era hablado en aquel momento por centenares de miles de personas, existiendo incluso revistas en ese idioma. Así pues, hasta aquel día, el “sabio” especializado en sánscrito llevaba años y años estudiando la lengua de Vyasa como quien estudiara el acadio o una lengua extraterrestre. Esto, por supuesto, ha cambiado algo desde que Daniélou emitiera aquel juicio… Pero no se crean que demasiado.
  No mejor librada sale de la pluma de Daniélou una de las instituciones para las que trabajó, la UNESCO, que “en sus inicios era una especie de club del que formaban parte escritores, filósofos y sabios de primer orden” y “se ha convertido en una burocracia politizada en la que los responsables de las diferentes secciones son a menudo elegidos, no basándose en su competencia, sino según el color de su piel o su pertenencia a uno de los bloques políticos”. Uno de los puntos más gratificantes del libro es, en efecto, la franqueza con que Daniélou expresa su desdén por la invasión del mundo artístico consumada por los tanques de la mentalidad funcionarial, por esa insolencia propia de ignorantes, ejercida siempre con el rictus demoníaco de las falsas sonrisas, que preside en nuestro tiempo la instrumentalización institucional de la cultura.
  También asiste a menudo la razón a Daniélou cuando previene contra la fraudulencia y los riesgos de un pseudohinduismo elaborado a la medida de las necesidades de ciertos occidentales, difundido desde hace décadas mediante múltiples sucedáneos…. En honor a la verdad, él mismo no escapó a esa tentación, puesto que el hinduismo que a través de sus libros “reveló” a los occidentales no dejaba de estar filtrado por un anticristianismo feroz, fundado en malas experiencias familiares en la infancia y juventud y que ningún lugar puede hallar en el esoterismo hindú [René Guénon: “Para las Escrituras sagradas, es muy cierto que no se puede ver contradicción entre ellas más que en la medida en que no se las comprende”], y, principalmente, por la obsesión de presentar su homosexualidad como algo perfectamente acorde con el hinduismo (algo que cualquier conocedor superficial de la sociedad y la tradición hindúes sabe que no es cierto: cualquiera advertirá que, en los tantras, nunca aparecen representados dos hombres o dos mujeres, sino –siempre- un hombre y una mujer). Su interpretación del hinduismo desde un punto de vista histórico la basó siempre, por otra parte, en una prehistoria hindú enteramente fantasiosa: nos referimos al mito de la “invasión aria” de India, una pura teoría puesta en circulación por los orientalistas occidentales y los colonizadores ingleses y sobre la que no se conoce ninguna referencia en las fuentes antiguas autóctonas. Significativamente, un amigo de Benares, librero y editor, nos comentó un día a propósito de Daniélou:
  -El problema es que pone en boca de los brahmanes cosas que nunca han dicho, y presenta como exponentes del “verdadero” hinduismo ideas, actitudes y prácticas que a los hindúes de verdad ortodoxos les son extrañas.
  Particularmente chirriante es su afirmación de que los niños hindúes son aleccionados en la escuela, desde los seis años de edad, en las técnicas amatorias descritas en el Kamasutra, algo sobre lo cual otro amigo, el doctor Óscar Pujol, eminente sanscritista, residente durante muchos años en Benares y, hoy, director del Instituto Cervantes de Delhi, es rotundo:
  -La afirmación de Daniélou respecto al Kamasutra es completamente falsa. Nunca ha figurado en el currículum obligado del pandit tradicional. Sólo los poetas tenían interés en estos textos para incorporarlos en sus descripciones poéticas.
  Curiosamente, el autor de tan bizarras afirmaciones siempre recomendaba –y en sus memorias lo hace- a sus lectores occidentales, como mejor introducción posible a las doctrinas hindúes, las obras de René Guénon, quien difícilmente habría otorgado su beneplácito a muchas de las conclusiones de Daniélou. Éste, que fue traductor al hindi de algunas de sus obras, se refiere a él en sus memorias como un “gran sabio” y dice: “Las únicas obras que me resultaron útiles a la hora de acercarme a la religión y la filosofía de la India fueron las de René Guénon”, que “sigue siendo actualmente el mejor punto de partida para comprender la actitud hindú ante el mundo”.
  Por las memorias de Daniélou –que, pese a lo antedicho, no dejan de constituir un sólido y ameno recorrido por el mundo indio y filohindú anterior a la independencia y de los primeros años posteriores a ésta- circula, en vistoso mosaico, toda una ringlera de personajes que a día de hoy, para la inmensa mayoría de los lectores españoles, franceses o italianos, quizá no signifiquen nada, pero que en su momento fueron, y durante mucho tiempo, constante “carne de prensa” y, en algunos casos, rutilantes estrellas de la jet set artística e intelectual. No mucha gente, quizá, tendrá hoy en mente el nombre de Alice Boner, hermosa millonaria suiza, revitalizadora de la danza kathakali y mecenas de una de las grandes figuras indias del ballet, si bien de un ballet de raíces más occidentales que indias: Uday Shankar. Aún vive, y sigue siendo una estrella, su hermano menor, el sitarista Ravi Shankar, a cuya dinastía da sólida continuidad su hija Anoushka… Aparece, en fin, el matrimonio Roerich en sus días de “exilio” en los Himalayas, tras ser Nicolás acusado de evasión de impuestos en los Estados Unidos, y eternamente sospechoso de espiar para los bolcheviques. Y aparecen Swami Karpatri, prominente figura del linaje espiritual de los Shankaracharya, combatiente contra los residuos kármicos en las batallas yóguicas y, en las mundanas, contra la traición al espíritu hindú perpetrada en India por la élite postcolonial. Aparece el inevitable Tagore en el inevitable jardín de Shantiniketan. Y un Romain Rolland hoy igualmente olvidado, pero que fue una suerte de Aranguren o Sartre de su época, y cuyo recuerdo suscita a Daniélou crueles juicios y también sensatas y atinadas observaciones:

  En el fondo era un pequeñoburgués … alguien que a menudo disimulaba sus propios complejos y su egoísmo bajo la apariencia de un idealismo que no tenía en cuenta para nada la realidad. Los pequeñoburgueses no se preocupan de las consecuencias de sus actos ni de las ideas que difunden. (…) llevan a los demás a realizar actividades políticas o cometer violencias que acaban provocando catástrofes. Los “intelectuales” que inspiran y animan los movimientos terroristas, las revoluciones más feroces, son casi todos burgueses frustrados, y nunca artesanos ni gentes que conocen las realidades de la vida.

  Aparece, en fin, Stella Kramrisch, profesora de arte indio en Calcuta y, luego, en Filadelfia. Sorprendentemente, Ramana Maharshi, una de las cimas espirituales de India en el siglo XX, no inspiró a Daniélou sino unas pocas líneas desdeñosas. No tan famoso creemos que haya sido nunca, ni en India ni por estos pagos, un sabio bengalí, Boshi Sen, del que Daniélou da breve noticia. Casado con una americana y discípulo de un célebre botánico indio, Sen “continuó los experimentos de su maestro sobre la sensibilidad de las plantas, drogándolas, impidiéndolas dormir al alumbrarlas de noche, asustándolas y filmándolas a cámara lenta. Sus trabajos, muy famosos, demostraron en las plantas comportamientos casi humanos: placer, temor, excitación, horror y afecto hacia algunos seres amistosos”. Todo un personaje para un cuento sin paredes de Joan Perucho y que suscita, en cierto sentido, evocaciones de la misteriosa Akademgorodok, una de aquellas ciudades secretas soviéticas donde vivían comunidades de científicos entregadas a la investigación de disciplinas cuyas mismas denominaciones ni siquiera tenían homólogos en las ciencias occidentales. Tampoco tanto como célebre, pero sí, sin duda, jugoso, debió ser el pirata Henry de Monfreid, un aristócrata que tocaba cada noche a Mozart al piano en su feudo somalí, desde el que todavía en 1934 seguía cañoneando barcos y apiñando drogas, perlas y esclavos con destino al tráfico.
  Un libro, en fin, que constituye un testimonio de importancia y, tal como era de esperar, rebosante de musicalidad. Su único problema –por decirlo así- es que el lector debe filtrar continuamente la significación última de ciertos episodios y procederes resultantes de la particular personalidad de Daniélou, pues, de otro modo, en especial dadas las “modas” imperantes, es fácil desembocar en la errónea conclusión de que India es una especie de paraíso para los homosexuales. El homosexual era, simplemente, el autor del libro, y, lógicamente, a menudo retrata en él ambientes y personalidades afines a esa concreta inclinación suya, pero que, por supuesto, no son de obligada frecuentación ni en India ni en ninguna otra parte del mundo. Y procede insistir en que los comportamientos comprensiblemente derivados de esa inclinación han podido ser humanamente tolerados hasta ciertos límites, pero nunca han disfrutado en India de ninguna clase de respetabilidad o legitimación en base a fantasiosas licencias supuestamente concedidas por “el esoterismo hindú”.
  No existe ya aquella India, como tampoco otros escenarios revisitados por Daniélou en sus memorias: ni aquel Berlín, ni aquella Rusia (la URSS), ni aquellos Estados Unidos, ni aquel Afghanistán del rey Nadir Shah. “Poco a poco”, se explica en el prólogo, “la muerte se lleva a aquellos que han vivido, con nosotros y cerca de nosotros, los mismos acontecimientos, que han sabido las mismas cosas y compartido las mismas emociones. Los lugares tan queridos han dejado de existir. Todos esos seres, pasiones, odios y aventuras no perviven más que en la memoria. Fuera de ella no han sido jamás”.
 
 JOAQUÍN ALBAICÍN es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras- En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo).  Este texto fue publicado inicialmenteen el otoño de 2009 en Altar Mayor.

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