jueves, 30 de diciembre de 2010

Libros de Maravillas


Joaquín Albaicín - Soriaymas. 17/06/2006

“El Libro de las Maravillas del Mundo”, del caballero Jehan de Mandeville, ve de nuevo la luz encuadernado en un mismo volumen con el repescado “Viaje de San Brandán”, que escribiera en pleno oleaje griálico y prestejuánida el monje irlandés Benedeit.

 

LIBROS DE MARAVILLAS
Benedeit y Mandeville - Edición de Marie-José Lemarchand - Ed. Siruela, 2005


¿Quién nos lo iba a decir? Popularísimo en el siglo XIV, “El Libro de las Maravillas del Mundo”, del caballero Jehan de Mandeville, ve de nuevo la luz encuadernado en un mismo volumen con el repescado “Viaje de San Brandán”, que escribiera en pleno oleaje griálico y prestejuánida el monje irlandés Benedeit. Reciclado en parque temático y confinado en internet por el integrismo tecnológico, el ancho orbe no parece ya ni sombra de lo que fue, pero el interés de estas dos guías de viaje iría mucho más allá del puramente histórico de asistir la razón a René Guénon cuando, acerca de los cronistas del mundo antiguo y medieval, escribió que: “En un principio, se vieron ´maravillas´, pero más tarde sólo se pudo hablar de ´curiosidades´ y de ´singularidades´. Mas, lo que tan dificultosamente describen, ¿no son precisamente las sucesivas etapas de la limitación de las facultades humanas?”.

¿Quién dice que no? Benedeit vivió en el siglo XII. Mandeville, en el XIV. El primero, junto con sus compañeros de viaje, logró llegar al Paraíso y franquear sus puertas. De la elevada muralla que lo rodea, dijo que está engastada con riquísimas gemas y que “ninguno de los viajeros puede distinguir con qué materia está edificada realmente”. Dos siglos después, Mandeville coincide con él en que “no se sabe muy bien de qué está hecha” la muralla, pero -“encubierta con musgos y líquenes”- ya no pueden sus ojos ver sobre ella una sola piedra preciosa. Además, a ningún mortal le es ya factible ni siquiera acercarse al Paraíso, separado de la Tierra del Preste Juan por la Región de las Tinieblas… Se apreciará que la percepción del Edén, “aquel paraíso donde Adán estuvo sentado el primero, aquel patrimonio nuestro del que fuimos desheredados”, ha variado de modo notable en tan sólo doscientos años.

Y es que, como asimismo precisó Guénon: “O bien antes se veía lo que ya no se ve actualmente por el hecho de haberse producido considerables alteraciones en el medio terrestre o en las facultades humanas, o más bien en ambas, o bien lo que en la actualidad recibe el nombre de ´geografía´ tenía en la Antigüedad una significación completamente diferente”. Es algo que, en cierta medida, pone de relieve Marie-José Lemarchand al recordarnos, por una parte, que hasta el siglo XVI no existía la palabra viaje salvo en su sentido de viático, es decir, los pertrechos y medios necesarios para acometer una peregrinación; y, por otra, que el viaje interior o espiritual y la navegación o caminata en pos de nuevos horizontes geográficos nunca estuvieron disociados en la mente del hombre medieval. En este sentido, su calificación de iconos para los mapas anteriores al siglo XVI se nos antoja muy atinada.

Si uno se encuentra ante las pirámides de Egipto, quizá opte por dar por buena la versión oficial (no en vano, ya en tiempos de Mandeville: “Según la opinión de algunos, se trata de sepulturas de grandes señores de los tiempos antiguos”). Mas también podrá asumir, si los espesores de su alma se lo permiten, que no son, en realidad, otra cosa que los graneros construidos en su día por José, hijo de Jacob e intérprete de los sueños del faraón. Ese hombre de ojos renovados, ese trotamundos –que no turista- espiritual, podrá también ver surcar al fénix los cielos de Arabia, visitar la tumba de Hermes en Santa Sofía, remontar el Nilo hasta su fuente en Edén e, incluso reconocer la Cassath desde la que partieron hacia Belén los Reyes Magos.

¿No? Pues nada: ¡a Viajes Halcón!

Publicado originariamente en Generación XXI, 1-15 Junio 2006


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